Pregunta para Tarragona

¿Cómo garantiza el sistema la dignidad de víctimas de acoso escolar frente a abusos de poder?

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Escribo este testimonio no solo como una víctima de acoso escolar sistemático y abusos por parte de docentes en los centros Berenguer d’Entença y Mestral, sino como un ciudadano que, 30 años después, sufre las secuelas (TEPT-C, distimia) de un sistema que me falló.

Recientemente, al intentar dialogar con personas vinculadas a mi pasado que hoy ocupan cargos institucionales, he recibido bloqueos, burlas en redes sociales y negación. Por ello, pregunto:
 

No es fácil abrirse y explicar ciertas cosas, pero creo que ya no puedo seguir guardándolas solo para mí. Hay historias que, si no se dicen, se borran; y el olvido, a veces, es otra forma de injusticia. Lo que comparto hoy es parte de lo que viví, de lo que me ha marcado para siempre y de lo que aún arrastro.

Tuve que abandonar los estudios con solo 13 años, con todo lo que eso supuso para mi futuro personal, emocional y académico, a causa del acoso, la exclusión, el desprecio y las constantes actitudes humillantes que sufrí por parte de varios compañeros y compañeras de clase, desde el último curso de EGB hasta 2º de ESO. Ese trato derivó en una depresión muy profunda que me llevó a estar ingresado durante unos meses en el Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona y, posteriormente, a seguir durante unos meses más un proceso terapéutico en ese mismo hospital. Durante aquel período, se me diagnosticó, además de depresión y anhedonia, un conjunto de síntomas que hoy en día se engloban dentro de lo que se conoce como trastorno de estrés postraumático complejo (TEPT-C), síntomas derivados del abuso emocional vivido.
Nadie del centro donde estudiaba cuando lo dejé (Berenguer d’Entença) mostró entonces el más mínimo interés ni preocupación por mi estado. Estaba realmente mal.

Quiero dejar claro que el acoso más directo e intenso lo sufrí por parte de dos compañeros concretos. Sin embargo, la exclusión, el desprecio y las humillaciones fueron actitudes más generalizadas entre otros compañeros y compañeras de clase.

Todo aquel trato lo recibí simplemente por ser un chico muy introvertido que, pese a todo, siempre trató a todo el mundo con respeto y educación. Y quizá, con el tiempo, eso es de lo que más me arrepiento. Porque aquel respeto, aquella voluntad de no hacer daño a nadie, no solo no me protegió, sino que fue percibida como una debilidad o una rareza. Y eso aún me duele más.

Durante mucho tiempo pensé —o mejor dicho, me hicieron pensar— que aquel trato estaba justificado por cómo era yo, como si mi manera de ser fuera motivo suficiente para recibir desprecio y humillaciones. Pero no. Con el tiempo he entendido que aquel trato era, y sigue siendo, profundamente inapropiado. Un trato que atenta directamente contra la dignidad de una persona.

Uno de los episodios que ejemplifican las humillaciones que padecí ocurrió un día durante el recreo. Estaba sentado solo en el patio; en aquel momento todavía no estaba diagnosticado, aunque creo que ya era evidente que tenía todos los síntomas de una depresión. Entonces un grupo de compañeros de mi clase —junto a otros que ni siquiera conocía— me rodeó. Uno de ellos empezó a escupirme en el pelo una y otra vez mientras yo, bloqueado y sin saber cómo reaccionar, permanecía inmóvil. Delante había un grupo de chicas que se reían y animaban la escena; cuando el chico que me escupía paró, una de ellas gritó: “¿Por qué paras? ¡Todavía no está llorando!”. Después de aquello, no recuerdo bien qué pasó; supongo que mi mente ha borrado el final. Fue un momento de humillación absoluta.

Cabe añadir que, más allá del desprecio y el acoso que sufrí por parte de algunos compañeros y compañeras, también viví situaciones muy graves por parte de algunos miembros del profesorado. En una ocasión, un profesor del colegio Mestral, cuando estaba a punto de bajar por las escaleras, me empujó deliberadamente mientras me dirigía un insulto humillante. No llegué a caer porque fui dando saltos hasta que me estrellé contra la pared de enfrente. Me hice daño en un brazo, pero, lamentablemente, en aquel momento no fui capaz de decir nada. Algunos compañeros estaban presentes cuando pasó, pero nadie dijo ni hizo nada; de hecho, algunos incluso se rieron. Aquella situación me hizo sentir todavía más indefenso y desprotegido.

También viví otra situación desconcertante y humillante con otro profesor —en este caso, del instituto Berenguer d’Entença—. A raíz de mi absentismo escolar, provocado por todo lo que estaba viviendo —y también porque tenía miedo de entrar en una situación sin remedio—, me convocó a su despacho para hablar conmigo, pero en lugar de ofrecer apoyo o comprensión, adoptó una actitud completamente inapropiada.

Durante la conversación, me hizo preguntas completamente fuera de lugar: qué hacía por las noches antes de dormir, y otras igualmente inapropiadas. Y, sin ningún sentido educativo, acto seguido, me preguntó si sabía imitar sonidos de animales.

Me hizo imitar varios. En un momento dado, me pidió que hiciera un sonido concreto que no supe reproducir. Le dije que no sabía. Su respuesta fue: “Tranquilo, me espero”.

Se echó hacia atrás en la silla, encendió un cigarrillo y se quedó en silencio, mirándome fijamente. Permaneció así durante veinte minutos, sin decir nada.

Finalmente, pasados esos veinte minutos, me dijo que ya me podía ir.

Aquella situación, en un momento de especial vulnerabilidad —como he dicho antes, todavía no estaba diagnosticado de depresión, aunque ya era evidente que presentaba todos los síntomas—, no fue un hecho aislado ni sin importancia. Fue una forma más de humillación que contribuyó a hundirme todavía más.

Con el tiempo he entendido que aquello no fue solo una conducta inapropiada, sino un abuso de poder y una forma de maltrato psicológico por parte de alguien que, precisamente, debería haberme protegido. Fue, simplemente, otro ejemplo del tipo de trato que recibí durante toda aquella etapa.

En aquel entonces tenía dos muy buenos amigos de la infancia, que eran un gran apoyo para mí. Sin embargo, de la noche a la mañana dejaron de hablarme.

Poco después de haber terminado la terapia en Barcelona, ocurrió algo que me marcó especialmente. Una noche, en las fiestas del pueblo, me encontré con uno de estos amigos, con quien hacía meses que no hablaba. Le propuse dar una vuelta y me dijo que tenía que pedir permiso a sus padres, algo que ya entonces me resultó extraño.

Fuimos a un restaurante cercano donde estaban. Al llegar, fuimos directos a la barra, donde estaba su padre. Él le dio permiso, pero al salir, su madre —que estaba sentada en la terraza con más gente— lo detuvo y le preguntó adónde iba. Él respondió que iba a dar una vuelta conmigo. Entonces, sin venir a cuento y delante de toda la terraza, me preguntó en voz alta si era cierto que yo había ido al psicólogo. Le dije que sí y, acto seguido, me preguntó por qué.

En ese momento, todo quedó en silencio. Sentí todas las miradas sobre mí. Me quedé paralizado, sin saber qué responder. Finalmente, convenció a su hijo para que se quedara, y aquella fue la última vez que supe de él.

A raíz de aquella escena entendí por qué mi otro amigo de la infancia también había dejado de hablarme: probablemente sus padres ya sabían que yo había ido al psicólogo y, por prejuicios de la época, decidieron que no era bueno que siguiéramos viéndonos. Aquella noche me sentí profundamente expuesto, avergonzado y, sobre todo, solo.

Fuera del ámbito escolar también viví situaciones muy dolorosas que se sumaron al cúmulo de experiencias que afectaron profundamente mi salud mental.

A día de hoy, convivo con distimia, episodios recurrentes de ansiedad y un insomnio crónico como secuela de aquella etapa. Tengo muy claro que, si he podido rehacer mínimamente mi vida, ha sido gracias a que mi familia, después de todo aquello, abrió un negocio propio, y eso me ha dado cierta estabilidad económica. Nunca me ha faltado un plato en la mesa ni un techo. He podido vivir con cierta comodidad. Pero si no hubiera sido por eso, no sé qué habría sido de mí. Ahora bien, a nivel mental, todo lo que viví en aquella época me dejó profundamente roto y, en muchos aspectos, nunca he llegado a recuperarme del todo.

Hace unos meses, y después de casi treinta años de todos aquellos hechos, volví a coincidir con una persona que formó parte de aquel trato excluyente y despreciativo y, para mi sorpresa, después de tantos años, el comportamiento hacia mí fue prácticamente el mismo. Con la perspectiva de los años y después de todo lo que viví, tengo claro que hay límites que no se pueden traspasar, y que defender mi dignidad no es ninguna exageración, sino una necesidad.

Aunque los episodios más graves de acoso los viví por parte de otros compañeros, siempre tuve la sensación de que esta persona tenía una forma de actuar profundamente altiva, poco respetuosa y poco empática con quienes no encajaban en sus esquemas. En la adolescencia, además del desprecio y la exclusión que ya he mencionado, formaba parte de un grupo de alumnos mayores que ocupaban una posición dominante en el centro y actuaban con una sensación de impunidad, marcando dinámicas que, en muchas ocasiones, derivaban en actitudes de abuso hacia los más vulnerables. Entre ellos, puntualmente, yo.

Con los años, uno podría pensar que todas aquellas actitudes eran cosas de la edad. Pero, después de lo que he vivido recientemente, me temo que aquel desprecio y aquellas actitudes altivas siguen presentes a día de hoy.

Cabe decir que esta persona, en aquella etapa adolescente, también me hizo vivir una situación especialmente humillante. Una noche, durante el único permiso que me concedieron mientras estaba ingresado en el hospital para pasar unos días en casa, estaba sentado en un banco cerca del puerto deportivo de L’Hospitalet de l’Infant, acompañado por otra persona y por mi perro. Pese a tener compañía, me sentía profundamente solo y frágil.

Fue entonces cuando ella apareció con una amiga y, al verme, se detuvo expresamente a poca distancia y llamó a dos chicos extranjeros, que no eran del pueblo y que estaban en la acera de enfrente. Los chicos se acercaron, y lo que escenificaron delante de mí —buscando claramente que yo lo viera— fue, a todas luces, de una crueldad completamente injustificable. En un momento en que mi fragilidad emocional era evidente, ese mensaje fue devastador. Fue como si, sin decir una sola palabra, me estuviera diciendo: «Tú no importas» o «Mira lo lejos que estás de todo esto».

Aquella escena me hizo sentir profundamente humillado, invisible y roto. La recuerdo con claridad: por el contexto en el que me encontraba, fue especialmente dolorosa para mí.

Ese permiso me lo concedieron tras una sesión que, aunque era rutinaria, fue especialmente dura: me rompí a llorar como no lo había hecho hasta entonces, por todo lo que estaba viviendo y por lo agobiado que me sentía allí, y no pude continuar la sesión. Mi madre, que estaba presente, también rompió a llorar, y una de las psicólogas quedó visiblemente afectada. Por eso consideraron que me vendría bien pasar unos días en casa.

Poco después de haber vuelto a coincidir con ella —casi treinta años después— y sentir actitudes dolorosamente familiares, supe que esta persona ejerce actualmente responsabilidades institucionales vinculadas a un partido político local. Cuesta entender —y, a la vez, resulta bastante irónico— que alguien con ese pasado haya acabado formando parte del mundo de la política.

Decidí exponer esta situación mediante mensajes privados en Instagram, primero a la portavoz y después al perfil oficial del partido, sin obtener respuesta ni posibilidad de diálogo. Pocos días después, ante ese silencio, escribí un comentario público en una de sus publicaciones. La reacción no fue una muestra de empatía ni de interés: a los pocos días me bloquearon.

Para acabar de ilustrar el tipo de respuesta que recibí, quiero añadir un detalle que me impactó especialmente: días después de haber dejado el comentario público —en el que, de manera irónica y resignada, decía que “al final será verdad eso de que el tiempo pone a cada uno en su lugar”—, el partido publicó una storie usando exactamente esa frase, pero en un tono claramente burlón y descontextualizado. Justo después de que yo viera esa storie, es cuando me bloquearon. Teniendo en cuenta el contenido profundamente personal y doloroso que había compartido, ese gesto me pareció de una crueldad totalmente injustificable.

Tiempo después, y con una sensación de injusticia muy grande, decidí volver a dejar un comentario público en otra de sus publicaciones, esta vez desde una cuenta secundaria y explicando todo lo que había vivido con mucho más detalle.

La publicación, “misteriosamente”, fue borrada pocos minutos después. En privado, les pedí explicaciones. Su respuesta —cito textualmente— fue:
“Hemos borrado el post por una razón que nada tiene que ver con tu escrito. Las cuestiones personales las podemos hablar en privado, si no tienes inconveniente.”
Conservo una captura.
Todo esto pasó en abril, y a día de hoy todavía no he recibido ninguna respuesta.

A pesar del tono aparentemente cordial, ese mensaje me hizo sentir que no había ninguna voluntad real de escuchar ni de asumir responsabilidades. Más bien, tuve la sensación de que se pretendía silenciar cualquier voz incómoda o crítica.
Posteriormente, comprobé que me habían restringido los mensajes de esa cuenta secundaria.

Actualización (noviembre de 2025)

En noviembre de 2025 conseguí hablar telefónicamente con la portavoz del partido. Intenté exponer mi caso, pero la conversación fue tensa: me sentí interrumpido constantemente y percibí una actitud de negación hacia todo lo que relataba. En un momento dado me dijo frases como “¿Por qué te gusta tanto amargar a la gente?” y “¿Eres feliz haciendo esto?”. Ante esa actitud, decidí colgar el teléfono.

Ante un testimonio como el que expuse, que la respuesta haya sido el silencio, el bloqueo y, posteriormente, esa actitud no es solo decepcionante: me resulta profundamente inquietante, teniendo en cuenta la responsabilidad pública que se ejerce y la influencia institucional que ello conlleva.

Después de todo lo que viví, volver a sentir esa falta de empatía ha sido devastador. Tengo muy claro que, si he podido soportarlo mínimamente, es porque, a pesar de la fragilidad que arrastro, algo dentro de mí todavía resiste. Si no fuera así, no estaría escribiendo esto ahora mismo.

Lo que viví no fueron cosas de la edad ni una simple etapa difícil: fue una vulneración profunda de mi dignidad, cuyas consecuencias sigo arrastrando hasta hoy. Y mientras esas actitudes sigan normalizándose, el silencio no puede ser una opción.

Todo aquello fue, y sigue siendo, una vulneración de mi dignidad. Y contarlo hoy es mi manera de defenderla.

 

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