Pregunta para Parlamento de Catalunya
Nadie debería quedarse sin tratamiento: los TCA también son salud mental y requieren inversión, prevención y seguimiento
Me llamo Paula y escribo estas líneas porque la salud mental sigue siendo una gran ignorada. Porque, aunque se hable más que antes y aunque se hayan creado más dispositivos especializados en algunas Comunidades Autónomas, las ayudas reales siguen siendo insuficientes y muchas personas se están quedando sin tratamiento, sin seguimiento y, en algunos casos, literalmente en la calle.
En la sanidad pública faltan medios y recursos. Los criterios para acceder o continuar un tratamiento son excesivamente estrictos: te dan el alta en cuanto cumples ciertos requisitos físicos, como el peso, olvidando que un TCA no es solo una cuestión corporal, sino un trastorno mental que necesita seguimiento a largo plazo. Tratar solo el cuerpo y no la mente deja el problema en el aire, sin resolver.
Muchas personas con trastornos de la conducta alimentaria acuden a centros públicos, pero debido a la falta de recursos y a los consecuentes criterios de acceso extremadamente restrictivos, acaban teniendo que recurrir a centros privados o abandonando el tratamiento porque no pueden asumir el coste.
Acudí hace tiempo a una charla en uno de los hospitales de referencia de Barcelona, en la que se explicó, que para acceder a una unidad de trastornos alimentarios (de la sanidad pública) es necesario encontrarse en un nivel casi crítico y, en muchos casos, llegar a través de urgencias por un motivo grave, como un intento de suicidio. Una madre relató que, a pesar de que su hija estaba muy mal, le indicaron que sin un episodio de este tipo no podía ser ingresada, evidenciando que incluso casos de personas en un estado grave quedan fuera del sistema.
Los centros privados son carísimos, inasumibles para muchas personas y/o familias, y las subvenciones son mínimas o inexistentes. Estamos dejando que personas enfermas se queden sin ayuda simplemente porque no pueden pagarla.
Además, hay una enorme falta de visibilidad y prevención. Los TCA siguen siendo un tema tabú y muy desconocido en nuestra sociedad. Faltan charlas en escuelas, campañas sociales y educación emocional. La mayoría de estos trastornos empiezan en la infancia o adolescencia, y yo soy un ejemplo de ello: estuve ocho años conviviendo con un TCA sin saber siquiera lo que me pasaba.
Mi trastorno empezó a los 12 años, tras varias experiencias traumáticas. Como ocurre en la mayoría de los casos, el trastorno se volvió silencioso. El ocultar y la mentira se convirtieron en mis aliados, ayudándome a tapar y a esconder: lo que hacía, lo que sentía, lo que pensaba... y cuanto más escondía, más fuerza cogía la enfermedad y, en consecuencia, mi sufrimiento.
Los síntomas se intensificaron e incrementaron: control constante del peso, comprobaciones físicas, restricción alimentaria, hiperactividad, ansiedad, compensaciones...
En mi caso fue anorexia nerviosa, pero existen muchos otros tipos de TCA que parecen quedar en el olvido y que son igual de graves e importantes (trastorno por atracón, vigorexia, trastorno de conducta alimentaria no especificado, trastorno por evitación/restricción de alimentos...).
Lo más duro es que, si no se detecta a tiempo, la enfermedad cada vez va apoderándose más de ti y cogiendo el control de tu vida, tu mente y tu cuerpo, hasta llegar al punto de que tu esencia es la enfermedad en su máximo esplendor. Yo crecí (en la adolescencia) construyendo mi personalidad alrededor del trastorno, y desprenderme de él fue extremadamente difícil, pero también muy liberador, bonito y agradable reconciliarme con mi verdadero yo, y conocer cómo soy realmente. No habría podido conseguirlo sin un buen tratamiento, seguimiento y acompañamiento emocional, nutricional, psiquiátrico, y psicológico.
Las personas con TCA solemos ser muy sensibles y emocionales. El dolor que sentimos es tan grande, que no sabemos cómo sostenerlo. Mientras otras personas liberan el estrés corriendo, trabajando, comprando..., nosotras lo canalizamos inconscientemente a través del cuerpo y la comida. No es una elección, es una enfermedad.
Es por todo lo planteado anteriormente y para todas las personas que sufren, hemos sufrido o sufrirán un TCA, que planteo esta iniciativa.
Me gustaría poner encima de la mesa de las instituciones la necesidad de:
• Más inversión pública en salud mental.
• Más especialistas y recursos en la sanidad pública.
• Seguimiento real y a largo plazo de los TCA, más allá del peso.
• Más ayudas para centros privados cuando la red pública no llega.
• Programas de prevención y educación en escuelas.
• Campañas de visibilización que rompan el tabú.
Los TCA existen, están en nuestra sociedad y afectan a muchas más personas de las que creemos. Visibilizar salva. Tratar a tiempo salva.