Pregunta para Eusko Legebiltzarra

La directora del antiguo colegio de mi hija me dijo que “bajaba la calidad del aula": ¿Para cuándo medidas contra la expulsión y discriminación de niñ@s con necesidades educativas especiales en centros concertados?

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Edurne Muñoz Pregunta de Edurne Muñoz

Hola, me llamo Edurne y esta es la historia de mi hija:

Con solo 7 meses mi hija desarrolló un síndrome epiléptico cuyas causas aún no se han determinado, sin embargo, le produjo en su momento un retraso psicomotor que hoy día arrastra.

La autonomía que pueda alcanzar en el futuro depende en su mayor parte de las terapias y de los estímulos que reciba hoy. Por eso, y porque los primeros años del desarrollo de una persona son determinantes, es crucial impulsar su desarrollo tanto a través de las terapias de atención temprana como en el ámbito familiar y, por supuesto, en un entorno escolar normal y ordinario. Mi hija está categorizada como alumna con NEE (necesidades educativas especiales). 

Las NEE contemplan a todo alumno con dificultades de aprendizaje o condiciones desfavorables que afecten su aprendizaje o su inclusión; es decir, cualquier alumno es susceptible de engrosar esta categoría en algún momento de su escolarización. 

Existen disposiciones legales que amparan a estos niños y niñas como grupo vulnerable. Pero lo más importante, más allá de las prerrogativas legales, es ofrecer a nuestros niños y niñas (con o sin necesidades educativas especiales) un entorno de aprendizaje en el que no solo se contemple la acumulación de conceptos, sino también el crecimiento en valores, experiencias, contextos, etc., un aprendizaje integral que los prepare “íntegramente” y en el que todos participen.

Mi hija entró en el colegio Nuestra Señora de Europa (Getxo) el curso que cumplía 3 años. Por sus necesidades educativas especiales, el Gobierno Vasco le concedió el máximo grado de apoyo. Durante el primer curso de Infantil, iba al colegio solo por las mañanas, porque, aunque ella tiene derecho a una escolarización completa, como cualquier alumno, en el centro alegaban que los recursos eran insuficientes o inadecuados para que asistiera el día completo. El segundo año de Infantil comenzó a asistir varias tardes, en ningún caso nos dieron la opción de que se quedara en el comedor.

El tercer año ya iba cuatro tardes (seguimos sin la opción de que se quedara a comer en el colegio, a pesar de los beneficios que supone para ella la participación en todas las actividades escolares). En todo momento, ha ido feliz al colegio y su relación con sus compañeros ha sido un ejemplo de inclusión, de aprendizaje por parte de todos y de normalización.

En tercero de Infantil, en una reunión con la PT (pedagoga terapéutica), nos planteamos cómo sería la transición de Infantil a Primaria de mi hija. Todos estuvimos de acuerdo con que repitiera el tercer curso de Infantil como parte de un proyecto a largo plazo. La familia no hubiera accedido a la repetición de Infantil si no fuera en un contexto pedagógico con una proyección a medio o largo plazo.

Este curso (el año de repetición de tercero de Infantil) ha coincidido con un cambio en la dirección del centro. A mediados del curso la directora del colegio me convocó a una reunión para tratar “temas administrativos”. Más tarde añadió que la reunión era para conocer a mi hija, y finalmente la reunión, a la que asistieron cinco personas (ninguna la auxiliar que la acompaña en todo momento y que es quien mejor la conoce), giró en torno a la imposibilidad de atenderle el siguiente curso. 

Los argumentos no se sostenían: que el centro no está preparado para atender a alumnos con necesidades educativas especiales, que no tienen recursos… Aunque lo peor fueron las palabras de la directora, que llegó incluso a comentar que mi hija “baja la calidad del aula” y que tiene que velar “por el bien de sus compañeros”. La conclusión del desafortunado encuentro fue que podíamos ir en septiembre (puesto que es de la familia la decisión última) pero que no nos podían garantizar una “atención de calidad”.

Con el disgusto y la incredulidad me puse en comunicación con los departamentos de Innovación e Inspección Educativa del Gobierno Vasco. No obtuve más respuesta que el reconocimiento de que la actitud del colegio es del todo reprochable, pero hasta ahí llegó cualquier amparo o responsabilidad institucional. Es decir, las malas prácticas de los centros no solo quedan impunes, sino que se ven sustentadas por la indiferencia de las instituciones. Y en todo este despropósito, son los niños y sus familias los que pagan las consecuencias.

Nosotros nos vimos forzados a cambiar de centro. Estoy segura de que mi hija va a seguir acudiendo al colegio feliz y va a fortalecerse con nuevas amistades y experiencias, pero eso no resta gravedad al comportamiento del centro Nuestra Señora de Europa y a la indiferencia institucional. Un centro concertado que reconoce su incapacidad para atender “con calidad” las necesidades educativas especiales debería perder inmediatamente su “concertación”.

Esta espiral de impunidad tiene que cesar por la salud de nuestro sistema educativo, porque el sistema educativo es de todos. Considero que la manera de frenar este bucle pasa por reforzar la legislación (hacerla más específica para que ninguna de las partes pueda escudarse en la vaguedad normativa) e implementar un sistema de inspección real y de sanciones apropiadas, proporcionales y también reales.

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