Dejemos de normalizar el acoso callejero que recibimos a diario las mujeres. Hay que hacer algo para frenarlo.

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Hola, me llamo Alba, tengo 34 años, vivo en la provincia de Barcelona y he sido víctima de acoso. Lamentablemente, hasta en dos ocasiones hace ya bastantes años.

La primera vez ocurrió cuando un cliente habitual de la pequeña cafetería en la que trabajaba se fijó en mí. Yo también me fijé, era mono, pero nada más allá. Venía a desayunar, hablábamos y poco más. 

Un día, después del turno de trabajo, estaba abriendo la puerta del portal de mi casa y apareció detrás de mí. Me sorprendió, ya que se supone que no sabía donde vivía, así que deduje que había esperado a que yo terminara de trabajar y me había seguido. Me dijo que si quería ir a comer con él y le puse una excusa, me daba muy mal rollo el hecho de que me hubiera seguido. Aceptó y se marchó.

Todo continuó normal, él seguía yendo a desayunar con su jefe, como siempre, hasta que un día estaba en mi casa, haciendo la comida, cuando oigo que llaman al telefonillo. Respondo y, sorpresa, era él. Bajé temblando, a ver que quería, pensando cómo demonios sabía el piso en que vivía. Volvió a invitarme a comer y lo rechacé. No le pregunté cómo sabía mi piso porque estaba temblando.

Por suerte, para mí, le despidieron, no volvió a aparecer por el barrio ni por mi casa, pero estuve meses saliendo del trabajo, mirando a mi alrededor y mirando por mi calle antes de entrar a casa por si me lo encontraba detrás de mí.

La segunda vez que me ocurrió, volvió a ser con un cliente de la cafetería. Un día apareció un hombre, que tendría como 15 años más que yo, se tomó su café, y al ser una cafetería de barrio, si no hay trabajo, pues charlas con los clientes. Pura cordialidad y amabilidad. Según me había contado, estaba en la ciudad unos días por trabajo. Uno de ellos, al acabar mi turno, de camino a casa, me lo encontré, le saludé, cruzamos cuatro palabras y seguí mi camino. 

Otro día, llegué al trabajo y mi jefa me dijo que había ido un hombre y me había dejado unas cosas (una carta, chocolate, etc…) me dio un mal rollo alucinante. Días más tarde, apareció la cartera en la cafetería, con una carta dirigida a mí: “la chica de los ojos azules”. La abrí y era una declaración de amor. La guardé y la llevé a casa, con las manos temblorosas.

A los pocos días, apareció en la cafetería y me pidió salir, le dije que no. Cabe decir que ese día estaba mi madre en la cafetería y lo vio todo, por lo que se quedó con la cara del hombre. El hombre insistía e insistía y yo le decía que no, que me dejara y que se fuera. Tras varios minutos, en los que mi madre ya se estaba poniendo en pie para decirle algo, se marchó.

Estando en casa, mi madre me comentó que si el hombre de la cafetería sabía donde vivía. Yo le dije que no lo sabía y me dijo que lo había visto la tarde anterior delante de nuestro edificio. Se ve que estuvo varias horas (esperando a que yo saliera, supongo), fue entonces cuando les di a mis padres la carta y le conté todo lo que había pasado. Mi padre me dijo que acudiría a un familiar, policía, con la carta (en la que estaba el nombre del hombre y su dirección) y que le contaría todo.

Unos seis años más tarde, me crucé en mi nuevo trabajo con un hombre muy parecido a él. Me escondí, hasta que comprobé que no era el mismo. En los 4 años que estuve en el nuevo trabajo tenía siempre la misma reacción. 

Actualmente, ocho años más tarde de estos episodios, me tiemblan las manos al recordarlos. Nadie debería vivir algo así, pero la sociedad no nos toma en serio. Las mujeres empezamos a recibir acoso prácticamente a diario desde la adolescencia y vamos cargando a nuestras espaldas episodios que marcan nuestra vida. Me han ocurrido episodios más leves, a los que diciendo un rotundo no se han rendido, pero son cosas que no me gusta rememorar.

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